jueves, 5 de febrero de 2009

cinicos

En nuestra lengua, «cínico» se entiende como sinónimo de impúdico o procaz, desvergonzado incluso; también descarado; mas descarado en el sentido de defender con desfachatez y atrevimiento (y hasta con deshonestidad) doctrinas o acciones deshonrosas o vituperables, lo que supone, al tiempo, ignorar, de modo deliberado, tanto las normas morales como las convenciones sociales, que no serían para el cínico más que objeto de burla: «Un hombre –decía Oscar Wilde– que conoce el precio de todo y el valor de nada.»

Ciertamente, no es difícil imaginar que muchos de esos rasgos (si no todos) fuesen atribuidos a los cínicos antiguos por sus contemporáneos, ya que resulta perfectamente factible conjeturar que es así como eran vistos por sus conciudadanos, especialmente a partir del momento en que dentro del propio movimiento cínico parece ser que se dio el paso del ideal de vida ascético, establecido sobre el autodominio, al hedonismo más notorio y desenfrenado. Así, de Crates y su esposa Hiparquia cuenta Diógenes Laercio que no tenían el menor reparo en usar «públicamente del matrimonio». Y aunque, sin duda, usar del matrimonio (aunque sea sin matrimonio) no tiene, en principio, por qué suponer desenfreno de ningún tipo, el que ello tuviera lugar en público (lo que no es más que una forma infantil de escandalizar y de llamar la atención) pudo dar pie a que quienes presenciaban tales menesteres concluyesen que los cínicos predicaban una cosa (el dominio de las pasiones y las necesidades) y practicaban otra muy distinta. Para que de ahí se pasase a afirmar de alguien que dice una cosa y hace otra que actúa como los cínicos o, sin más, que es un cínico, no haría falta mucho, creo yo. Tal puede ser, perfectamente, el origen del término, tal como ha sido heredado por nosotros, porque, en efecto, en él subyace esa identificación del cinismo con la hipocresía: decir o defender algo y hacer justo lo contrario.

En todo caso, la corriente cínica, incluso en sus posiciones extremas, prueba que la sociedad posee una maleabilidad y una capacidad de asimilación tales que sus normas y convenciones son difícilmente vulnerables por una especie de rabieta adolescente que, con la impudicia, no busca sino el protagonismo («¡Cuánto fasto manifiestas [...] queriendo no parecer fastuoso!», se cuenta que le dijo Platón a Diógenes). Y así, seguramente, lo que comenzó por provocar escándalo pudo haberse convertido, con toda facilidad, en reclamo turístico para la ciudad: a Atenas podría haberse ido, entre otras, precisamente a ver a los cínicos.

Y conste que con esto (permítaseme que vuelva a insistir en ello) no pretendo rebajar la dimensión filosófica del cinismo. De hecho, lo mejor de él fue recogido posteriormente por los estoicos, quienes, aunque no los siguieron en su modo de vida, sí hicieron suyo, en cambio, su ideario filosófico. En el estoicismo, la vida conforme a la naturaleza se entenderá como la vida que se guía por la recta razón, lo que conduce, por una parte, a la comprensión de que todo se halla ligado y hermanado por el Logos, y de ahí al cosmopolitismo; y, por otra, al convencimiento de que el Logos es una ley (llamémosle el Destino) que determina de manera inefable todas las cosas; y las determina para bien, esto es, para que el Universo sea un Cosmos, no un Caos. Y si eso es así, la única actitud razonable es la aceptación, la resignación, la aphateia y la renuncia.

alfonso y nuria

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